29 enero, 2007

Cuentos de espantos II, relatos escépticos de Manuel José Othón

Otra historia más de nuestro mexicano deshacedor de misterios. Este relato será probablemente el que más os guste de los tres. Siguiente entrega: El nahual (brujo).


CORO DE BRUJAS

I


Érase que se era una buena señora, viuda y sesentona, propietaria de cierta finca rústica, no muy lejana de un pueblo, donde yo desempeñaba hace ya tiempo funciones del orden judicial. Noria del Águila, que así se llamaba la hacienda, tenía abundantes y excelentes tierras de labor, montes poblados de pastos y agua para regar dos o tres sitios de ganado mayor; con lo que, dicho se está, la propietaria debía ser rica por demás, pues carecía de familia y sus necesidades eran exiguas, como las de gente que no sale del rancho sino para "bajar", así se dice, a los pueblos vecinos, y eso de tarde en tarde, con ocasión de fiestas y jolgorios o, sencillamente, para mudar de aires.
      Pero es el caso que los rendimientos de la finca eran apenas medianos, y aunque no llegaban a perderse las cosechas por malo y seco que el año fuese, la verdad es que no producían ni la mitad de lo que producir debían. Cierto que las mujeres carecen, 'en lo general, de dotes para entenderse en la administración de sus negocios; pero doña Francisca. Perales, que a este nombre respondía la dueña de Noria del Águila, había encomendado por completo el manejo de su hacienda a un administrador, hombre campirano y versadísimo en todo lo que a la ciencia de las Geórgicas atañe, salvo en introducir innovaciones y mejoras de modernos procedimientos, pues a ese respecto tanto el ama como el empleado oponían la más vigorosa resistencia.
      Doña Francisca o Doña Pancha, como más comúnmente se la llamaba, era la adoración y el paño de lágrimas de sus sirvientes y de todos los aldeanos y campesinos que moraban en cinco leguas a la redonda. Y no podía ser de otra manera, pues socorríales en sus necesidades, aunque no ciertamente con mucha largueza, y, sobre todo, les curaba cuando enfermos acudían a ella en busca de alivio o de salud. Esto de curar y prescribir métodos y remedios para toda clase de dolencias, era el elemento principal en la vida de la buena señora; era como el agua para los peces, el rocío para las flores y para las aves el viento. Y no vaya a creerse que echaba mano de medicinas y drogas de las usadas más comúnmente por galenos y farmacéuticos. Ni por pienso. Se reía de los médicos, de las boticas y hasta de los curanderos, a quienes solía tolerar y aun aconsejar algunas veces. El ejercicio de la medicina en ella era una cosa así como rito misterioso y oculto, y rarísima ocasión empleaba yerbas o pócimas, y cuando lo hacía, sus menjurjes, verdaderas panaceas, componíanse de los simples más inusitados y estrambóticos. Su terapéutica constaba especialmente de palabras, signos y prácticas extrañas, así como de oraciones, algunas de las usadas por la Santa Madre Iglesia y otras del uso exclusivo de aquella sapientísima doctora, que tenía su consultorio en la casa grande de la Noria del Águila.
      Pero tampoco se debe pensar que doña Pancha usara indistintamente de las mismas palabras, signos o remedios en todas las enfermedades. De ninguna manera. Así, por ejemplo, para el dolor de muelas aplicaba una cuerda de guitarra enrollada al cuello a guisa de rosario; para las reumas prescribía cortarse las uñas todos los lunes; los desmayos y zumbidos de cabeza los curaba colocando una lanita de borrego prieto en la ternilla de la nariz, y el ojo de venado, el sebo de león y hasta el excremento de diversos animales, servían para otras tantas dolencias y accidentes. El terrible mal de ojo, tan común entre la gente rusticana, no desaparecía sino con repetidas unciones de saliva en frente, oídos, nariz y boca. La saliva tenía un uso bastante generalizado en la terapéutica de doña Pancha, pero era necesario saber manejarla, pues debía siempre ir acompañada de oraciones y fórmulas cabalísticas que variaban según la naturaleza de la enfermedad; porque, decía, hay oraciones frías y oraciones calientes y no deben aplicarse aquellas en los resfriados, ni éstas en las fiebres; sino, todo lo contrario; para todo es necesario saber. En cuanto a otras dolencias más graves, variaba el procedimiento, siendo uno de los más enérgicos y eficaces, colocar un huevo de gallina prieta (el color negro era de ritual) debajo de las almohadas del paciente para que le extrajera el mal; o bien se metía la mismísima doña Pancha debajo de la cama y lanzaba unos lamentos y gritos tan lastimeros, llamando por su nombre al enfermo, que éste, si estaba aún en sus cabales, creía que la propia muerte lo solicitaba desde lo más profundo de la tierra y se levantaba todo trémulo y despavorido. Pero con estas y otras prácticas rara era la enfermedad que no cedía al tratamiento; y si el pobre doliente sucumbía al fin, era sólo porque "ya le tocaba".
      Don Carpio, el administrador (su nombre era Policarpo), si no ejercía la medicina, en cambio, como astrólogo, daba ciento y raya a los sabihondos que escriben libros cuajados de mentiras y disparates. Todos los años, en el mes de enero, la noche de San Antonio Abad, instalábase en la era a contemplar el cielo para ver por qué lado entraba el año: iba provisto de un cuaderno donde apuntadas tenía multitud de observaciones hechas y no interrumpidas por los más lejanos de sus progenitores. Allí, con un farol y un lápiz, trazaba figuras y signos siguiendo la revolución de las estrellas y el cariz que presentaba la "almósfera"; y a eso de las cuatro de la mañana, cuando ya "las siete cabrillas" se habían metido y a sus alcances iban los "tres reyes" y "las tres Marías", D. Carpio, con pasmosa seguridad, pronosticaba la calidad del año, y decía, como si lo estuviera viendo, qué clase de frutos se iban a dar y cuáles a perder, las plagas y enfermedades de los animales y de las plantas, y, finalmente, si el año sería seco o lluvioso. Así es que, con tales conocimientos, no había temor de que se perdieran el tiempo, el dinero y el trabajo en infructuosas siembras y demás operaciones agrícolas. Bien es verdad que algunas veces solían fallar sus cálculos y pronósticos, pero eso acontecía solamente cuando a la hora de la observación ocurríasele rebuznar a un burro prieto (por de contado) en los vecinos corrales, o a algún murciélago trazar sus curvas caprichosas en torno de la era, trípode y observatorio astronómico del buen don Carpio.
      Por lo demás, para todo encontraba remedio, pues cuando se retardaban las lluvias y las sementeras poníanse mustias y agostadas, don Carpio hacía un agujero en la tierra, enterraba el calendario del más antiguo Galván (precisamente había de ser éste), junto con una oración al mismo San Antonio Abad y otra a San Isidro Labrador, todo esto a compás de credos y salves que rezaba entre dientes, haciendo cruces con la mano sobre los campos y hacia los cuatro puntos del horizonte.
      Conque ya se figurará el curioso lector cómo andarían en Noria del Águila los negocios económicos y agrícolas, manejados por estos tan extraordinarios personajes.

II

      Pues sucedió que a don Carpio se lo iban a llevar los diablos, o más bien dicho, andaban con el intento de llevárselo.
      Fue la misma doña Pancha quien llevó a Valnavara, el pueblo donde yo vivía, la estupenda noticia. Todos los habitantes del lugar invadieron la morada de la rica propietaria para oír de su misma boca la revelación de tan maravillosa aventura. Yo fui uno de los primeros en acudir y con todos sus pelos y señales me refirió el suceso, con lenguaje y ademanes tan pintorescos, que más de una vez, durante la narración, sentí ponérseme los pelos de punta. Y era tan cierto el hecho, que los dos o tres mozos que acompañaban a su ama, y ella misma, fueron testigos presenciales; lo que dio por resultado que doña Francisca abandonara la hacienda mientras el maleficio se conjuraba, aunque según las trazas, no había que esperar que tal cosa sucediera hasta que clon Carpio abandonara la finca, o los diablos, en forma de brujas, cargaran con él a los profundos.
      El caso pasó de esta manera:
      Una tarde ya al ponerse el sol, se desató rumbo a la serranía de la hacienda tan furiosa tormenta, que todos los arroyos se salieron de madre y las peñas y los árboles rodaron descuajados por los desfiladeros de las montañas. Hasta allí el fenómeno nada ofreció de particular; pero ya al entrar la noche comenzó a descolgarse de las nubes una horrorosa "culebra" (que así se llaman las trombas en el lenguaje rústico) cuya monstruosa cola se retorcía en el aire entre negros torbellinos de polvo y agua. El pánico se apoderó de los campesinos y del propio don Carpio quien probablemente, por alguna imprevisión o descuido, había enterrado el calendario a más profundidad de la necesaria, o había echado más cruces y oraciones de las acostumbradas. Pero de improviso y en un punto, ama y administrador, que contemplaban el meteoro desde el portalón de la casa grande, entraron precipitadamente a una galera contigua, saliendo al instante armados de sendos cuchillos con los que, disparando estocadas y bendiciones sobre la culebra, como quien se tira a fondo o raja leña, al punto y como por encanto quedó partida la terrible manga, que vino a resolverse en descomunal aguacero.
      Pasado ya el peligro, con gran asombro de los sirvientes que presenciaron el conjuro, doña Pancha y don Carpio dieron trazas de recogerse cada cual en sus habitaciones, pues la noche seguía tormentosa y negra y no era cosa de ir al campo a esa hora para encauzar los arroyos y reparar los destruidos canales. Así es que don Carpio, después de despojarse de las empapadas ropas, se echó al coleto doble ración de tequila de la acostumbrada, para no resfriarse; y ya se disponía a meterse entre las no muy limpias sábanas, ni menos mullido lecho cuando percibió, clara y distinta, una voz extraña que de fuera le llamaba por su nombre, voz que parecía descender de lo alto y que se mezclaba con carcajadas horripilantes y soeces maldiciones.
      De pronto creyó don Carpio que aquella era ilusión de sus oídos o las rachas de viento que golpeaban, zumbando los muros de la casa; pero como la voz se repitiera, y ya no sola, sino acompañada de otras, que en distintos tonos le amenazaban imprecándole, el pobre hombre se armó de valor; abrió la ventana y enderezó la vista a la azotea donde las voces parecían sonar; y en aquel mismo punto sintió que el horror le cuajaba la sangre, paralizándole los miembros. Destacándose en la masa negra de las sombras, vio el infeliz otras sombras más negras aún, que se bullían vertiginosamente como en una danza infernal, sobre el pretil y sobre las canales de su misma habitación. Horrorizado y loco, cerró de un golpe la ventana y salió corriendo en busca de doña Pancha, que a la sazón se recogía. Desde la puerta dióle cuenta de lo que le pasaba; vistióse alborotada la señora, y ambos acompañados de los mozos y dependientes que estaban aun en pie se dirigieron al cuarto del administrador, donde todos fueron testigos de la extraordinaria escena que afortunadamente no se prolongó por mucho tiempo, pues a poco sintióse el aleteo de aquellas sombras como de aves monstruosas y pesadas que volaban casi sin ruido en la oscuridad.
      Nadie se atrevió a salir a investigar el hecho, pues todos, doña Pancha "in cápite", declararon que las brujas, teniendo cuentas pendientes con don Carpio, venían a cobrarlas y procurarle males, en pago del que había hecho a cierta moza del rancho, cuya madre, según se susurraba, era una de las más desaforadas hechiceras que podían encontrarse por aquellos contornos. Dejaron, pues, en paz a las brujas, ya que ellas la habían arrebatado a los moradores de la casa, y pasose el resto de la noche en medio del susto consiguiente, con el cual, dicho se está, nadie logró pegar los ojos.
      Y como en las noches posteriores se repitiera el espantoso fenómeno de las brujas, los dependientes abandonaron la casa grande y se fueron a dormir a otra que, aunque estaba en no muy favorables condiciones de habitación, aderezaron de la mejor manera; y doña Pancha tomó el partido de trasladarse a Valnavara, hasta que las brujas escogieran otro lugar para sus nocturnos conciliábulos, pues los aquelarres del Harz en la noche de Santa Walpurgis, eran tortas y pan pintados si en parangón se ponían con los que noche a noche se celebraban en la casa principal de Noria del Águila.

III

      Todo esto y más todavía me fue referido por la buena señora, con tan profundo convencimiento y a la vez con tales muestras de desdén al notar cierta sonrisa de incredulidad en mí, que a poco ya estaba yo tan embrujado como ella. Intenté, sin embargo escudriñar una parte del misterio, aquella que se relacionaba con la moza hija de la célebre hechicera. Doña Francisca me dio todos los datos necesarios, de los que vine a poner en claro que el bueno del administrador, aficionado por demás a las hembras, había tenido sus dares y tomares con una muchacha muy bonita del rancho; pero al cabo como todo cansa en este mundo, cansóse de aquellos amoríos, no por otra cosa, sino porque se enamoró perdidamente de otra mujer, con la cual comprendió que no podía entrar en más relaciones que las matrimoniales; por lo que dio de mano a su antigua pasión; y ya se habían empezado a correr las amonestaciones en la parroquia de Valnavara y sólo faltaba fijar la fecha del casorio, con gran contentamiento de doña Pancha, quien se había ofrecido a ser madrina.
      Pero como el hombre propone... y las brujas disponen, desde el primer domingo en que se leyeron después del Evangelio, las susodichas amonestaciones, empezó el aquelarre en la azotea del cuarto de don Carpio, según dejo ya referido.
      Bien enterado del asunto y todo confuso y estupefacto, despedíme de la propietaria y en poco tiempo olvidé las brujas, hechicerías y demás cosas que con ellas y con los habitantes de Noria del Águila se relacionaban.
      Y aconteció que yendo días y viniendo días, una tarde en que para sacudir el fastidio que me abrumaba, paseábame a caballo por los alrededores de Valnavara, entregado por completo a mis meditaciones y a la contemplación de los campos, me fui alejando, alejando sin sentirlo, hasta que ya, próximo el sol a ocultarse, encontréme precisamente al pie de la cuesta que remontando un cerro poco elevado, conducía directamente a la hacienda de doña Pancha. Al darme cuenta del punto hasta donde había llegado, vinieron a mi memoria los estupendos sucesos en la finca acaecidos y determiné seguir adelante, para desengañarme por mis propios ojos. Puse piernas al caballo y en poco más de una hora, ya obscurecido, me encontré en el espacioso portalón de la casa grande, donde don Carpio, sólo y sombrío y apoyado sobre un pilar, mostraba en toda su persona el desastroso estado en que su ánimo había caído.
      Imposible sería dar cuenta del gozo con que me acogió. Él mismo condujo mi cabalgadura, después de desensillarla, a la caballeriza, y luego se apersonó conmigo ofreciéndome alojamiento por esa noche, con las más grandes muestras de afecto y consideración que en mi vida he recibido.
—Estoy solo en la casa —me dijo—; los dependientes viven en la de allá abajo y no han consentido que yo me vaya con ellos, porque temen que hasta allá me persigan las muy judías. Los mozos lueguito que anochece se van a dormir a la troje, y aquí me tiene usted que ya no hallo ni qué hacer, pues parece que soy un apestado.
      Entramos al escritorio, y después de los cumplidos que son del caso, expresele sin rodeos el motivo que me llevaba a hacerle compañía por esa noche. Grande fue su asombro y más aún su espanto al ver que yo no lo tenía en manera alguna y que estaba absolutamente resuelto a descubrir el misterio de las brujas, que tanto le atormentaban.
      Cuando hubo encendido luz, quedé admirado del terrible estrago que las apariciones habían hecho en el pobre hombre. Era un rancherazo de contextura musculosa y recia, pero tan flaco y amojamado estaba, que ya no tenía sino la piel verdosa y plomiza untada en los puros huesos.
      Diome lástima, en verdad, su figura y desde luego procuré infundirle ánimos, tomando por el lado cómico sus extraordinarias aventuras; él atajome en mi intento, y con ademanes de inaudito espanto, me manifestó que tenía pensado, pues las hechicerescas visitas no cesaban, apelar a la fuga y hasta renunciar a su proyectado casamiento.
—¿Luego continúan las brujas viniendo? —preguntele con verdadero interés.
—Sí, señor, me contestó. No hay noche de Dios que esas condenadas no vengan a... molestarme. Yo ya no puedo más y hasta he tenido que recurrir a tata Prisco. Pues ni por esas, señor licenciado.
—Pues ¿quién es tata Prisco que, según parece, tiene poder para librar a usted de este maleficio?
—¡Tata Prisco! —repuso mirándome asombrado de mi ignorancia—. ¿Pero no conoce usted a tata Prisco?...
      Tuve que confesar mi desconocimiento de tan conspicua personalidad.
—Pues tata Prisco —continuó don Carpio— es un viejo que vive en Cerro Gordo, a cinco leguas de aquí y que, aunque dicen que está descomulgado, es el único capaz de meter en cintura a todas las brujas y demonios que resisten hasta el agua bendita y los exorcismos del señor cura.
—¿Y a qué se debe tan soberana y poderosa virtud de tata Prisco? —inquirí con positiva curiosidad.
—¡Pues a qué ha de ser! Nada menos a que tiene un pedacito de la reata con que se "ahorcó" Judas Iscariote, el cochino apóstol que vendió a Nuestro Señor.
—¡Caramba!... ¿Y de dónde cogió semejante reliquia?
—Dicen que un judío o francés que estuvo por aquí el siglo pasado, porque tata Prisco ya va a ajustar los cien años, le dio ese mecate en pago de haberle enseñado unas minas de oro y plata con que se hizo muy rico y volvió a su tierra.
—¡Magnífica paga! ¿Y con tan poderoso amuleto no ha podido nada tata Prisco contra las brujas que vienen a desvelar a usted?
—Nada, señor, nadita; y ya cuando llega la noche me entra aquella "pinsión" y aquel "susidio", que no me dejan. Y si no me voy de aquí y largo la novia, seguro, segurito que me voy a morir. Y no es eso lo más, sino que es capaz que las malditas carguen conmigo a los mismos infiernos.
—Pues nada, don Carpio, le dije entre serio y festivo. Vamos a ver si yo, que no tengo la cuerda de Judas, puedo hacer algo por usted.
—No, señor, no haga nada, porque será en vano, y hasta puede que también usted la lleve.
—Bueno; pues allá veremos. ¿Y dice usted que todas las noches vienen las brujas? ¿Vendrán ahora?
—Sí, señor; pero todavía tardarán, porque no son más que las nueve y ellas vienen cerca de la media noche. Sólo que ahora han dado en caer por el corral.
—Eso no importa. Pasaremos el rato platicando.
—¿Tiene usted armas?
      Contestome con un gesto de conmiseración. Yo le inspiraba lástima. Verdaderamente no sabía con quién tenía que habérmelas. ¡Armas!, ¿para qué? Con seguridad que las espadas de más filo se embotarían contra enemigos diabólicos y las balas más potentes se estrellarían en el plumaje de aquellos pájaros, porque de pájaros vestidas se presentaban las hechiceras en las nocturnas visitas. Confesome el infeliz hombre que solo había encontrado un remedio, si no para ahuyentarlas, al menos para perderlas de vista, y, sobre todo, de oídos; y este remedio era rezar un rosario e inyectarse en seguida, entre pecho y espalda, de un golpe y sin resollar, media botella de tequila y a veces hasta una entera. Bien es verdad que solía amanecer casi todas las mañanas, rodado de la cama y debajo de la mesa; pero con esto así pudieran venir todos los muertos de los camposantos y todas las brujas del mismo Brooken; que don Carpio así se daba cuenta de ellos como los habitantes de la luna.
      En este diálogo y otros semejantes, pasamos las horas desde mi llegada hasta la de la frugalísima cena, consistente en un trozo de cecina y una taza de café, que el mismo don Carpio aderezó, pues no había otros seres vivientes que nosotros en aquel enorme y vetusto caserón.

IV

      Para el objeto que me proponía, no encontré más armas que una vieja escopeta de pistón, de dos cañones, olvidada en un oscuro rincón del escritorio. Después de aparejarla lo mejor que fue posible, procedí a la operación de carga. Pude encontrar una poca de pólvora desperdigada en un monumental cuerno de toro que perdido se hallaba en un cajón de la tienda; en otro logré juntar hasta tres docenas de postas y algunas cápsulas que confundidas estaban con una navaja de gallo y su correspondiente botana, granos de garbanzo, obleas y buena porción de clavos y tornillos.
      Ya apercibida mi arma y acercándose la hora de la temerosa aparición, permití a don Carpio rezar su acostumbrado rosario, mas no engullirse la milagrosa botella con la que me convidaba para crear ánimos, según decía. No fue poco el trabajo que me costó hacerle prescindir de aquella fórmula cabalística; pero al fin convino en que debíamos estar en nuestro entero juicio y con la cabeza despejada.
      Y como todo llega en la vida, si no es la ventura, llegó la hora tan temida para don Carpio y para mí tan deseada. Súbitamente vi a mi hombre ponerse lívido; y con voz cavernosa y trémula, me dijo:
—¡Oiga!... ¡oiga! Ya están ahí.
      Yo, que tengo la desgracia de ser algo teniente, es decir, falto de oído, no había escuchado nada, por más que toda mi atención se concentraba en las indicaciones de don Carpio. Salí a la puerta del escritorio que caía a un pasadizo tan prolongado y estrecho como una cerbatana y negro como una boca de lobo; y entonces alcancé a oír ese graznido horrísono peculiar de la lechuza; en seguida percibí el "tcucurucú" del tecolote y un grito sordo y ronco de otro animal que no era fácil conocer en aquel momento. Pero nada más.
—Pues eso, don Carpio —le dije—, no es otra cosa que voces de aves nocturnas, lo cual nada tiene de particular en la casa de una hacienda que está tan cerca del monte.
—¡Oiga, oiga! —repuso sin hacerme caso y sacudiéndome bruscamente con una de sus manazas de esqueleto hercúleo mientras se aplicaba rígido, cerca del oído, el dedo de la otra—. ¡Oiga nomás lo que están diciendo!
      Paré la atención, y efectivamente, entre un rumor extraño y confusa algarabía, percibí claramente el nombre de don Carpio, precedido de una grosera maldición.
      Violentamente empuñé la carabina y empujando a don Carpio obliguele, casi a fuerza, a que saliera conmigo, no sin procurar convencerlo de que aquello nada de sobrenatural tenía, asegurándole que pronto íbamos a descubrirlo todo, pues yo llevaba nada menos que un fragmento de la cruz en que murió San Dimas, el buen ladrón, que también había tenido sus puntas y ribetes de brujo; reliquia mucho más eficaz que la de tata Prisco. Y mostré al crédulo administrador un palillo de dientes.
      Calmado en parte y convencido un tanto, echó a andar tras de mí, empuñando, por indicación mía, ancho y largo machete. Ambos, además, llevábamos ceñidos nuestros revólveres.
      Atravesamos la sala y una serie de piezas que le seguían. En la última abríase amplia ventana sin verja, por la que saltamos a uno de los patios de aquella vieja y pavorosa casa, muy propia, ciertamente, para que en ella tuvieran manida todos los habitantes del otro mundo. La luna, que despuntara poco antes, envolvíase en gruesas nubes y apenas podía alumbrar con opaca e indecisa claridad el cielo. La tierra estaba aún casi en tinieblas.
      Llegamos a la puerta del espacioso corral cercado por ruinosa tapia de piedra. La puerta estaba cerrada, pero a través de los mal unidos tablones, podíamos medir el corral en toda su anchurosa extensión. Casi en el centro se alzaba escueto y altísimo mezquite y más lejos empinábase un guimbalete junto al derruido brocal de una noria mal cegada. Entre tanto, la algarabía de las brujas, pues brujas debían de ser, según todos los barruntos, no cesaba un momento. Gritos, carcajadas irónicas y burlescas, silbos horripilantes, rumores como de salmodia; todo, todo se oía a un tiempo mismo, sin confundirse, aunque se mezclaba; y sobresaliendo alguna vez, entre aquel horrisonante vocerío, percibíanse distintamente palabras confusas e incoherentes a veces, a veces agudas y vibrantes, repitiéndose el nombre de don Carpio, con abrumadora y pertinaz obsesión.
      "¡Ya me la pagarás! ¡Ya me la pagarás! ¡Ya me la pagarás!", oíase de pronto; y luego una voz hueca, ronca y gutural repetía: "¡Carpio cornudo! ¡Cornudo! ¡Cornudo!", y otras dos malas palabras que no son para escritas ni menos para leídas.
      Sobre una gruesa rama de mezquite pude ver, a la tenue claridad de la luna, destacándose contra la gris lividez del espacio, tres pájaros grandes en apretado grupo, que aleteaban haciendo movimientos extravagantes y grotescos, al compás del espeluznante rumor que producían. En la punta del guimbalete distinguíase otro pájaro, más negro que las sombras de las piezas que de atravesar acabábamos, que también se retorcía como en epilépticas convulsiones. A la luz del día visto, habríame hecho reír; pero en aquel instante, lo confieso, sentí que se me erizaban los cabellos.
      Puesto ya en semejante trance, por mí mismo buscado, pareciome ridículo y vergonzoso retroceder, y arrojándome, de improviso, al fin de la aventura, entreabrí silenciosamente la puerta del corral, que no tenía llave ni cerrojos. Me eché la escopeta a la cara y, encañonándola lo mejor que pude hacia el grupo del mezquite, apreté el disparador... Un formidable traquidazo retumbó en toda la casa y hasta en los cerros vecinos, pues había soltado los dos tiros; y, disipado el humo, vi, al pie del árbol, dos de los pájaros heridos mortalmente, que se agitaban en las postreras contorsiones de la agonía; y el tercero, maltrecho, volaba torpemente sobre la tapias del corral. El del guimbalete había desaparecido.
      Casi al par de la detonación producida por el disparo surgió de la cercana nopalera, que tras la casa se levantaba, una voz colérica a la vez que plañidera exclamando:
—¡Válgame las benditas Ánimas! ¡Miren nomás! Ya este hombre borrachón y sinvergüenza me mató mis animalitos. ¡Maldita sea don Carpio y la madre que lo parió!
      Oír aquellos gritos nosotros, que nos contemplábamos mutuamente, estupefactos ante la hecatombe, y largarnos a través del corral y del campo, salvando las trancas que las tapias tenían a guisa de puerta, fue todo uno. Llegamos de un salto, cayendo de improviso en lo más espeso de la nopalera, donde al pie de inmenso y cóncavo peñón, encontramos a tres mujeres que se ocupaban en acariciar a un cuervo prodigándole las más tiernas expresiones de cariño, a la vez que le alisaban el negro plumaje del lomo.
      Pero don Carpio de un solo mandoble dividió en dos mitades el repugnante pajarraco, y sin que yo pudiera contenerle, arremetió furioso contra las mujeres, disparándoles cintarazos a diestra y siniestra; y es que había reconocido en dos de ellas a su ex-amasia y a su ex-suegra, sobre la cual batía, muy a su sabor, firme y macizo, desahogando la cólera que le embargaba, de modo tal, que si yo no me le impongo enérgicamente, allí hubieran dado fin por todos los siglos las brujerías y maleficios en aquellas dilatadas regiones.
      Calmado ya el enfurecido administrador y las brujas de rodillas, suplicantes y llorosas ante nosotros, pude inquerir el secreto y explicación de las aventuras a que yo, recientemente armado caballero por obra y gracia del fastidio que me consumía en Valnavara, pude dar digno acatamiento y remate, logrando imperecedera fama entre los campesinos de aquellos lugares y de los demás que en todo lo descubierto de mi partido judicial alientan y alentarán por varias generaciones.
      Yo quisiera revelar al lector tales misterios; pero es el caso que me he propuesto reservarlos para el día en que, si Dios me concede vida y humor, pueda referir la ocasión y manera en que yo mismo me hice "nahual", después de cursar todas las asignaturas correspondientes, hasta alcanzar el grado en tan importante profesión.
      Mas si dejo suelto este cabo, que es ciertamente el más interesante, debo atar los demás, aunque sean accesorios; y así diré que don Carpio, libre ya de aquel peligro, se casó al fin, cayendo en otro tal vez más grave aún; pues la edad del administrador de Noria del Águila frisaba en los cincuenta años y su esposa no llegaba a los veinte.
      Un detalle antes de concluir: doña Pancha me tomó grande ojeriza y mala voluntad. Tan aferrada estaba en sus supersticiones, que no quiso nunca convenir en que los pájaros que yo había matado eran pájaros sencillamente, y las apaleadas mujeres... nada más, que creo es ser ya demasiado... y algo más todavía.

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3 comentario/s (feed de esta discusión):
Anonymous Inconformista escribió:

Espero que a los escépticos de verdad no os dé por desenmascarar a los enmascaradores de misterios a trabucazos. Supongo que escribir un blog desde la carcel debe ser chungo.

1/30/2007 02:39:00 p. m.  
Anonymous Leónidas Kowalski de Arimatea escribió:

Jo jo jo... Si con razón dicen que una mujer despechada es lo peor que hay.

Buen final, y a mí sí que me parece de perlas que el misterio se aclarara a tiros. No se merecían menos las muy pérfidas, y a fin de cuentas salieron ilesas después de todo.

(Don Gerardo, es usted un provocador, y sepa que esto: "Cierto que las mujeres carecen, en lo general, de dotes para entenderse en la administración de sus negocios", ya lo he puesto en conocimiento de varias asociaciones feministas, que vale que el señor Othón lo dijera en su momento, pero eran otras tiempos, caray, que ya son ganas las de usted de encender iras y malas pasiones).

2/01/2007 05:57:00 p. m.  
Blogger Gerardo escribió:

Usted siempre barriendo para casa, don Leónidas...

Ya me han llegado las quejas de las asociaciones feministas. Como soy un mierdecillas sin importancia no me han denunciado, se han limitado a lincharme cuando iba a comprar el pan. Hay que ver las brigadas castradoras qué musculos y que bigotes... parecían lanzadoras de peso alemanas.

2/02/2007 12:55:00 a. m.  

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23 enero, 2007

Íker Jiménez, modelo de integridad

En nuestra sociedad actual todo vale. La gente se vende o se humilla por cualquier cosa, todo por salir en la tele.

Íker Jiménez, en el periódico gratuito Qué del 23 de enero de 2007.

Un hombre de valores. Hay que tenerlos de plomo...

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10 comentario/s (feed de esta discusión):
Blogger Andrés Diplotti escribió:

Se ve que le tienes envidia porque él se vende mucho mejor que tú.

1/23/2007 11:50:00 p. m.  
Anonymous Vailima escribió:

A estas alturas de mi vida, donde considero la dignidad importante, preferiría salir en la tele por puta de toreros que con la cara de "estupidez sin resolver" de ese individuo.

1/24/2007 07:47:00 a. m.  
Anonymous Antonio Trujillo escribió:

Este individuo es todo un ejemplo del cinismo y la hipocresía en los medios de comunicación en estos tiempos de la mentira y el fraude que corren...

Un crack!

1/24/2007 06:24:00 p. m.  
Blogger El Suicida escribió:

Igual quería hacer un chiste, el hombre

1/24/2007 08:28:00 p. m.  
Anonymous Leónidas Kowalski de Arimatea escribió:

A ver si despúés de todo lo que rajamos de este personaje resulta que en verdad es un genio del humor irónico...

A veces me hace dudar, pero al verlo ahora en el diario digital posando, muy teatral como es, ante los fusileros franceses, empiezo a verlo más claro. Gerardo, macho, qué vergüenza vamos a pasar cuando se descubra que Íker es en verdad un bromista.

1/25/2007 10:37:00 p. m.  
Blogger Gerardo escribió:

Un genio del humor, le falta una naricita de payaso.

1/29/2007 04:25:00 p. m.  
Blogger Bereni-C escribió:

Bueno, lo que dice no es incompatible con lo que hace ni tampoco incongruente. Él no se vende ni se humilla: él se aprovecha de los crédulos para hacer su agosto, engaña y manipula en beneficio propio. Tonto no es no, ni gracioso tampoco.

2/06/2007 08:20:00 a. m.  
Blogger Gerardo escribió:

Yo creo cuando renuncias a la integridad para sacer dinero o fama estas renunciando a "todo por salir en la tele", eso es venderse.

2/06/2007 09:16:00 a. m.  
Anonymous María B. escribió:

¡Saludos!
Acabo de "topar" con tu página, y me ha resultado muy interesante.
La verdad es que yo veía el programa de Íker Jiménez, no por creyente en asuntos "para-anormales", sino por curiosidad de cómo alguien podría convencerme de que realmente existen esos hechos.
Ante la duda, prefiero tener la opinión de las dos posiciones, y me gusta que traten de argumentarme sus ideas. Evidentemente, me desenganché del programa porque aparte de que yo veía multitud de incongruencias y datos dados "al aire", se estaban trivializando los temas, en el sentido de que te "obligan" a ver caras de gente en una piedra y eso ya es paranormal. ¿Quién no ha jugado a contemplar el cielo y ver en las nubes diversas formas que para unos es un burro y para otros un martillo?El pensamiento unilateral no acepta la crítica, y lo peor es que trata de imponerla.
Ojalá hubiera en la televisión un programa que desmontara esas falacias, al menos, para que las personas de a pie tuvieran otra opinión y no se creyeran lo primero que les dicen, pero la pela es la pela...así va el mundo, desgraciadamente. Me alegra que existan personas como tú, que den la cara y tengan la valentía de desmoronar a estos mafias que tratan de controlar las mentes humanas (eso sí que es paranormal, resulta inexplicable que haya gente que aún se crea lo que dicen, a pesar de tener miles de pruebas en contra)
Gracias por abrir los ojos, y espero que a mucha gente se los hayas podido abrir. ¡Suerte en tu camino!

PD: No sé si os habéis fijado también, que en el tema de las caras de Bélmez y la fotografía trucada de don Miguel Chamorro (pobrecillo, si levantara la cabeza) el bigote, al estar caído es más largo y más fino que en la fotografía real. Al menos podrían haber guardado las proporciones...seguro que si en la fotografía trucada con ese bigote lo levantaran, parecería Salvador Dalí XD (glups, no debería dar ideas...)

4/28/2007 03:46:00 p. m.  
Blogger Gerardo escribió:

Gracias, María. Sobre el bigote... lee esto y esto.

4/28/2007 04:18:00 p. m.  

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22 enero, 2007

La AVT pone una querella a Javier Marías

La organización de extrema derecha Asociación Víctimas del Terrorismo pone una querella a Javier Marías. La "razón" es este artículo de Marías, que suscribo totalmente, en su sección "LA ZONA FANTASMA" en El país semanal de este 21 de enero de 2007:

Un país demasiado anómalo

En verdad este país es anómalo. ¿Qué ha pasado en él para que hasta el colectivo de personas que merecía –y tenía– toda nuestra compasión, nuestro respeto y nuestro apoyo se esté convirtiendo en uno de los grupos sociales más antipáticos, irrazonables, verbalmente agresivos y –lo que es peor– temibles? Desde que el señor Alcaraz se puso al frente de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, ésta ha pasado a ser, para gran parte de la población, algo con lo que más vale no cruzarse ni encontrarse en la calle, y yo no sé hasta qué punto sus miembros más sensatos, menos manipulados y envenenados –aún habrá muchos, espero–, se dan cuenta del flaco favor, incluso del enorme daño, que ese dirigente les está haciendo al utilizarlos principalmente como “brazo manifestante” de la extrema derecha mediática, encabezada por la emisora radiofónica de los obispos siembracizañas.

      El día del primer atentado mortal de ETA tras su larga tregua tácita o declarada, una buena amiga mía, que vive cerca de Sol, se acercó tranquilamente a uno de los quioscos de esa plaza para comprar el periódico. Se encontró allí con verdaderas masas, lo cual no tiene mucho de particular en las desaforadas y estiradísimas fechas navideñas (solían iniciarse el 22 de diciembre, ahora los comercios y los alcaldes las adelantan un mes, cosa demencial e insoportable, y más o menos equivalen al Ramadán, en lo que se refiere a paralización de la vida activa). Pero le llamó la atención la proliferación de banderas españolas, y se puso alerta. Al contármelo hizo hincapié en lo que todos los moderados de este país sabemos, con tristeza: ¿qué clase de lugar es este en el que todavía nos sobresalta y alarma la abundancia de enseñas del país nuestro? (No sé si quienes abusan de ellas para sus fines particulares son conscientes de cuánto las ensucian, a ojos de la mayoría.) Allí estaban congregados los miembros de la AVT, con pancartas llenas de insultos y de disparates, pidiendo, a estas alturas, “la verdad sobre el 11-M”, y acusando no tanto a ETA, que acababa de dinamitar Barajas, cuanto al Gobierno socialista. Mi amiga compró EL PAÍS, como suele, y el quiosquero le dijo: “Este sí me queda. Hoy aquí se ha agotado La Razón y se está agotando ya El Mundo, mira cómo está la plaza”. Ella no sólo miró, sino que oyó. Algunos manifestantes, muy cerca de ella, gritaban: “¡Hay que fusilar a Zapatero! ¡Hay que fusilarlos a todos con una Parabellum!” No pudo reprimirse y los miró, como diciendo: “Miren, aquí ya no se fusila a nadie”. Ni siquiera llegó a decirlo, no le dieron tiempo, así que los miró con reprobación tan sólo. Pero eso bastó, y que llevara EL PAÍS bajo el brazo, para que los energúmenos de la AVT (cuesta escribirlo: ¡energúmenos en la AVT, merecedora hasta hace no mucho de toda nuestra simpatía!) se pusieran a seguirla en su recorrido y a llenarla de improperios. Esos individuos eran guerracivilistas. No sólo por los insultos que escogieron (“¡Perra, roja, miliciana, guarra!”; en el 2007, parece increíble), sino por montar en cólera al ver el diario que ella leía. Mi amiga siguió adelante, sin ya volverse, pero al comprobar que la retahíla de injurias no era cosa momentánea y no amainaba, dio media vuelta y, como me dijo con gracia, entró a “pedir asilo político” en la Librería Méndez de la calle Mayor, cuyos dueños no se sorprendieron y le confesaron que no era la primera vez que tenían noticia de escenas parecidas. Tres días más tarde mi amiga fue a su banco, y allí le contó el cajero que, sólo por llevar este periódico –sin que en su caso mediara ni mirada–, miembros de la AVT, el mismo día del atentado, lo habían seguido llamándolo “¡Hijo de puta!” durante un buen trecho. Mi amiga, así pues, no fue la única víctima de las Víctimas, o de sus jaleadores.

      Yo he oído contar muchas veces a mis padres que durante la Guerra Civil los motivos para sacar a alguien de su casa y darle el paseo eran a menudo proporcionados por los porteros o los vecinos: “El del segundo leía El Socialista”, se chivaba el portero a los falangistas sevillanos, y eso bastaba para que éstos subieran por él y se lo cargaran. “El del tercero iba a misa”, acusaba un vecino ante los milicianos madrileños, y éstos ya veían razón suficiente para borrarlo del mapa. Esto se parece demasiado a la actitud observada el 30 de diciembre por algunos miembros de la Asociación de Víctimas del Terrorismo. Hay que decirlo una vez más: a las víctimas de ETA hay que compadecerlas, alentarlas, ayudarlas, procurar que reciban justicia y resarcirlas en la medida de lo posible, porque han pagado y sufrido en nombre de todos. Pero ser víctima no da la razón, ni hace más sabio, ni convierte a nadie en santo, ni lo exime de su obligación de respeto hacia los demás ciudadanos. Si una víctima delinque, no por eso deja de ser víctima, pero pasa a ser también un delincuente. Y si una víctima persigue e insulta a quien le lanza una mirada o lee el diario que le apetece, tampoco dejará de ser víctima, pero además se habrá convertido en un energúmeno, un intolerante, un enemigo de la libertad y un miserable. Que el señor Alcaraz, de quien las Víctimas están siendo víctimas en los últimos tiempos, se pare a pensarlo un minuto, y se aplique el cuento.

Visto en Menéame.

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9 comentario/s (feed de esta discusión):
Anonymous Palimp escribió:

Lo que está pasando con la derecha y la iglesia en este país da miedo. Que se oigan ciertas declaraciones en peno siglo XXI pone los pelos de punta. Pero lo sorprendente no es eso; es la cantidad de gente que está de acuerdo con esas declaraciones. ¿Qué pasó con aquella derecha que se decía de centro y democrática?

1/22/2007 06:14:00 p. m.  
Blogger Gerardo escribió:

Que se ha dado cuenta de que no hacía falta disimular. Tras los gobiernos de PP, en España ya no existe la vergüenza por ser facha que había hace años.

Yo creo que parte del problema es que aquí no tenemos un partido minoritario de ultraderecha como en otros países, ocurriendo que esa facción radical de la población, en vez de estar aislada, está integrada en la derecha general influenciándola demasiado e impidiendo que exista una derecha moderada o "de centro".

1/22/2007 07:28:00 p. m.  
Anonymous Vailima escribió:

Tienes razón, Gerardo. A nadie le importa hoy dar muestras de que es un facha y grande. La oleada, como todo, llegará también aquí, al País Vasco. Como dice Palimp, la derecha da asco y la Iglesia da miedo. Dos fuertes brazos de la irracionalidad del ser humano.

1/23/2007 08:14:00 a. m.  
Blogger Meg escribió:

Yo hay cosas que no termino de entender. Víctimas de ETA somos todos, desde el momento en el que me da miedo vivir al lado de un cuartel de la guardia civil en Murcia, porque una vez mataron a un guardia civil (hace unos 15 años).

Pero, si en este país hay que tener la exclusiva de un muerto por ETA en la familia para ser víctima directa del terrorismo y para salir a apoyar a dicha familia, me pregunto yo dónde estaban tantos y tantos españoles que se negaron a ir a la manifestación por la paz, la libertad y contra el terrorismo.

No sé si es que nos estamos aborregando o qué.

1/23/2007 10:44:00 a. m.  
Anonymous Inconformista escribió:

Lo realmente triste es que se confiere importancia a los actos de unos exaltados, acortando por momentos las distancias entre los extremos (¿veremos el día en que victimas y verdugos actuarán igual?)

A mí también me dan miedo, ya no sé si menos que ETA, por qué, sobre todo, con su sed de venganza (creo que en los últimos años han dejado de clamar justicia) complican una situación que, por tratar con unos seres tan irracionales como los etarras, ya era bastante complicada. Y tal es su impotencia (no tienen huevos de enfrentarse cara a cara con los autenticos culpables) que tanto les da cargar contra Zapatero (que vale, que sí, que tampoco es perfecto) como contra una señora que pasaba por allí con el diario equivocado, como contra quien, con la habilidad que le caracteriza, lo denuncia.

Si hubiera justicia, el juez tiraria la documentación de la querella a la papelera y sobreseiria el caso, pero como hay que ser políticamente correctos, seguro que aún les dan más medallitas.

1/23/2007 02:22:00 p. m.  
Anonymous Omanero escribió:

Hace poco vi en la televisión las imágenes de una agresión a un equipo de televisión por parte de algunos manifestantes en una convocatoria de la AVT. Me recordó a los incidentes después de la reunión en la Plaza de Oriente del 75. Parecía que habíamos retrocedido 30 años.

1/23/2007 05:20:00 p. m.  
Anonymous Sicofonia escribió:

Hola camaradas, secundo sus opiniones y yo añadiría algo más.
Voy a soltar mi teoría conspiratoria favorita, seguro que recuerdan el partido nazi del malogrado Adolfo... Pues entonces sabrán que el partido nazi tenía a su alrededor una serie de organizaciones satélite (juventudes hitlerianas, las SA,etc.). Y el fin de todas estas no era más que servir al partido para adoctrinar y atemorizar aún más al pueblo, está claro que sólo con desfiles en Nuremberg era tarea arto complicada.
Lo que pasa en España con el PP y sus organizaciones satélite, las FAES y la AVT; es que son organismos con poder económico y mediático ENORME cuyo fin último es ABORREGAR, ATEMORIZAR, DESESTABILIZAR, ENGAÑAR, COACCIONAR al pueblo de este país.
NI MÁS NI MENOS.
Vamos por favor, no me cabe en la cabeza que aquí en una parada de guaguas la gente hable acerca de lo felices que eran mientras Paco el Rana estaba en su trono, y que la culpa de que suban los tipos de interés sea del PSOE ajjajajajaa si amigos lo que hay que oir.

Gracias por leer este delirio paraoico de alguien que cree que otro mundo más justo y más socialista es posible.

1/24/2007 11:37:00 p. m.  
Anonymous marta marmota escribió:

Por mi trabajo me llegan todos los comunicados y notas de prensa de la AVT y la verdad es que a veces hay cosas delirantes...

1/28/2007 01:13:00 p. m.  
Anonymous José M. Vargas escribió:

Yo acabo de enterarme de este asunto de J Marías y la AVT, no había leído el artículo hasta hoy (30-1-07) pero me he sentido gratametne acompañado en mis ideaas y sentimientos al respecto de la AVT, pero también me ha ayudado la lectura de este artículo a comprender que no estoy paranioco, ni sufro este miedo y angustia que siento por priemra vez en mi España. Yo también he sentido miradas y gestos provoacdores por ir leyendo El País en el metro, y fue el día 11 de enero, cuando llegué ese día a mi despacho sentía opresión en el pecho, ansiedad y necesité desahogarme a solas. Jama´s olvidaré las miradas de dos hombres, de unos 30 años, cuando me levanté de mia asiento con el periódico. Nunca me habia mirado nadie así, sólo les faltó escupirme o ... algo peor, y nunca había visto tan cerca el odio ni el fascismo en sus caras.

1/31/2007 01:14:00 a. m.  

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17 enero, 2007

Cuentos de espantos I, relatos escépticos de Manuel José Othón

Son tres los cuentos de espantos del poeta mexicano del XIX Manuel José Othón (1858-1906). Hoy toca Encuentro pavoroso y los siguientes que publicaré serán Coro de brujas y El Nahual, según el orden de la edición que manejo. Sus cuentos de espantos son valiosos para conocer el relato hispanoamericano anterior al siglo XX y por ser una muestra curiosa de la tradición fantástica romántica. Othón juega en ellos con la realidad y la apariencia confundiendo al lector con los recursos habituales del género para llevarlo a una conclusión poco habitual. Son cuentos didácticos y desmitificadores con los que el escritor mexicano, católico, pretende combatir la superstición.



ENCUENTRO PAVOROSO

I

De esto hace ya bastantes años. Encontrábame en una aldea muy antigua de la zona litoral del Golfo. Tenía que regresar a la ciudad de mi residencia y emprender una jornada de muchas leguas. Abril tocaba a su fin y el calor era insoportable, por lo que decidí hacer la caminata de noche, pues de otra manera me exponía a un espasmo o a una insolación. Ocupé la tarde en los preparativos consiguientes y, llegadas las nueve de la noche, monté sobre una poderosa mula baya y, acompañado de un mozo de estribo, atravesé las calles de la villa, encontrándonos a poco andar en pleno campo.
      La noche era espléndida. Acababa de salir la luna llena, pura y tranquila, envuelta en un azul diáfano, como si estuviera empapada en las olas del Atlántico, de donde surgía. Los bajos de la montaña envolvíanse en el caliginoso vapor del "calmazo", que así llaman a la calina en aquellas tierras. El cielo estaba resplandeciente, como si fuera una bóveda de cristal y plata. Desde la salida del pueblo, el camino se marcaba vigorosamente al borde pedregoso y áspero de un acantilado, a cuyo pie, por el lado izquierdo, rodaba el río entre guijas y peñascales, con un rumor a veces como el de un rezo, a veces como el de una carcajada. A la derecha se extendía la muralla movible y verdinegra de un inmenso bosque. De manera que la senda, muy angosta, corría, corría y se prolongaba entre el acantilado del río y la cortina del follaje.
      Buen trecho del camino habíamos recorrido, cuando mi acompañante me advirtió haber olvidado un tubo de hojalata que contenía para mí papeles de la mayor importancia. Le obligué a regresar, lo cual hizo volviendo grupas y, disparado a carrera tendida, bien pronto se perdió su figura entre la claridad de la noche, y el ruido de los cascos entre el murmullo del río y el rumor de los árboles.
      Seguí hacia adelante, paso a paso, con objeto de que el mozo me alcanzara en breve tiempo. La brisa que soplaba desde el mar, llegó a refrescar la caliente atmósfera, barriendo los sutiles vapores del "calmazo" y dejando contemplar el paisaje hasta la las más profundas lejanías, todo envuelto en la inmensa ola de aquella noche tropical y divina.
      Yo estoy habituado a la soledad de los campos, en las montañas, en los bosques y en las llanuras. He pasado muchas noches en una choza, debajo de un árbol, de un peñasco o a la intemperie absolutamente, sin más compañía que la de mis pensamientos. Así es que aquella soledad era para mí muy grata, pues estaba plenamente inundado en la augusta y serena majestad de la naturaleza. Nada de medroso había en torno mío y ningún temor, por consiguiente, me asaltaba. El gozo inefable e inmenso de la contemplación iba penetrando en mi espíritu a la vez que el aire fresco y perfumado de la selva hinchaba mis pulmones. Aún olvidé por completo asuntos arduos y graves por demás, que ocasionaban aquellos viajes por comarcas casi deshabitadas y salvajes, y hasta olvidé también el mozo que debía regresar y darme alcance. Como caminaba tan despacio, no había recorrido cuatro leguas a pesar de cuatro horas transcurridas. Media noche era por filo y el lucero brotaba cintilante y radioso tras el vago perfil de la lejana cordillera, blanco, enorme y deslumbrador como otra luna.
      Todo era luz y blancura en aquella noche del trópico. Los peñascos aparecían semejantes a bloques de plata y las frondas, los matorrales y la maleza misma, temblaban como nervios de cristal, vibrantes y sonoros. El río era un chorro de claridad y sus espumas relampagueaban como un lampo, heridas por la mirada luminosa que el firmamento incrustaba en ella desde su alcázar de diamante.

II

      Mi cabalgadura seguía al paso, ya hundiendo los cascos en el polvo de la senda, ya aferrándose sobre las duras peñas del cantil. La mula era mansa y obediente al más ligero estímulo de la rienda o de la espuela. Caminaba, caminaba sin reparo y sin tropiezo, con el cuello flácido y la cabeza inclinada. Prolongábase el sendero más y más, blanqueando el terreno y torciéndose, plegándose a las ondulaciones del bosque, de los cantiles y a las quebraduras del terreno. Yo me había abstraído tan hondamente en el pasmo contemplativo de la meditación, que estaba ya en ese punto en que, a fuerza de pensar, en nada pensamos. Poco a poco, una dulce tristeza me envolvía, porque el campo era triste, aún en las horas en que mayor vida rebosa.
      De repente levantó mi caballería la cabeza, irguió las orejas, arqueó el cuello y, resoplando por la nariz, dilatado el belfo y los ojos fijos en un punto frontero, intentó detenerse. Rápidamente volví sobre mí, inquiriendo la causa de aquel accidente. Con la vista recorrí toda la extensión que me rodeaba. Estoy acostumbrado a ver larguísimas distancias y la noche no es un obstáculo para que pueda distinguir un objeto lejano sin más claridad que las estrellas. Nada extraño descubrieron mis ojos. Castigué a la acémila con el látigo y la espuela y el animal, resentido del castigo, continuó al instante su camino. Imaginé que habría advertido la presencia de alguna víbora que atravesaba el sendero y no di la menor importancia a aquel suceso.
      Seguí sin detenerme, pero, a medida que avanzaba, el animal mostrábase inquieto y receloso. Pocos minutos transcurrieron cuando por segunda vez, pero de una manera más acentuada, parose la mula, olfateando el aire con la nariz hinchada y erectas hacia adelante las desmesuradas orejas. Empecé a inquietarme, pero sin llegar a la alarma. Fustigué vigorosamente a la bestia y la obligué a tomar de nuevo su andadura. Con más detenimiento y cuidado examiné la senda, el bosque, hasta donde la mirada podía penetrar, y el fondo del barranco por donde el río se deslizaba. Inútil fue también aquella segunda inquisición. Afianzado ya en los estribos, enderecé la marcha, confiado y resuelto, hacia el punto que era objeto de mi viaje.
      Hasta entonces había logrado que la mula obedeciera; mas sobrevino una tercera detención y entonces el espanto que se apoderó de la cabalgadura empezó a transmitirse a mis nervios. Ya el azote, la rienda y las espuelas hincadas despiadadamente en ijares, fueron inútiles.
      Con los remos abiertos y queriendo devolverse o lanzarse al bosque, la bestia se rebelaba contra todos mis esfuerzos por encaminarla de frente. Entonces, y de improviso, el miedo, un miedo horrible, me invadió. Sentí culebrear el terror por todos mis miembros, pues una idea terrorífica asaltó mi pensamiento, la angustia indefinible me apretó el corazón como una tenaza férrea. Sí, era indudable; no podía ser otra cosa: ¡El tigre!, el sanguinario huésped de las selvas de "tierra caliente" me acechaba sin duda, y yo estaba solo, completamente solo, en el desierto de los campos, pues el ausente no daba señal alguna de su regreso. Grité a grito herido, por una, dos, veinte veces. Ni tan siquiera el eco contestaba a mi voz. En aquel conflicto pensé instantáneamente que debía dominarme, que importaba recobrar mi sangre fría para encontrar un medio cualquiera de salvación.
      Con un supremo esfuerzo, logré aquietar mi espíritu y calmar la tensión de mis nervios. No llevaba conmigo más que un revólver y un cuchillo de monte, inútiles en un combate con el poderoso felino. Las apercibí, sin embargo, para usar de ellas rápidamente y procuré orientarme a fin de seguir el mejor camino, en caso de poder emprender la fuga. Pero, de pronto, ya con calma, eché de ver que la mula pugnaba por internarse en el bosque y esto me devolvió completamente el valor perdido, pues en caso de que la fiera me acechara, debía estar precisamente oculta en el bosque, entre las malezas y, en tal caso, el instinto de mi cabalgadura le habría indicado tomar otro sendero. Además en el camino que se extendía ante mí, a una distancia muy larga y que se descubría del todo, no había cosa alguna que semejara jaguar o pantera, que son los dos animales feroces a quienes los naturales de aquellas marcas dan el nombre de tigre.
      Entretanto, la mula se había calmado también un poco, más bien agotada por el miedo y el terrible castigo que yo le seguía imponiendo sin misericordia que por que hubiera presentido la ausencia del peligro. Este continuaba, pues ni un momento dejó mi pobre bestia de olfatear el aire, lanzando entrecortados resoplidos. Luego de allí, de la prolongada vereda venía el peligro. ¿Qué podía ser? La proximidad del hombre no espanta a ninguna clase de andaduras, por más que la presienta desde muy lejos. El movimiento que hacen en presencia de la serpiente no tiene nada de común con aquellas muestras de terror sumo que aún duraban en mi espantado animal, rebelde todavía a continuar la marcha. Confuso y pasmado, buscaba yo cual podía ser el objeto que en tan penoso trance me pusiera, cuando a lo lejos...

III

      Allá, de un recodo del camino, surgió de pronto una figura que, aunque avivó de súbito el terror de mi acémila, vino a infundirme un rayo de consuelo, devolviendo del todo la tranquilidad a mi fatigado espíritu. Era un animal, al parecer asno o caballo, de color negro, que la blancura de la noche hacía más negro aún. Sobre él, a horcajadas, sosteníase un hombre vestido de pardo. Estaba el grupo todavía muy lejos para poder apreciar otros detalles; mas desde luego, aquello era un hombre y yo no estaba ya solo en el monte. Me ayudaría sin duda a salir de aquel conflicto y ambos investigaríamos la causa de tan grande susto.
      Pero lo extraño y lo inaudito que para mí no tenía explicación era que, a medida que se acercaba aquel a quien yo veía como a un salvador, mi malhadada cabalgadura se estremecía e impacientaba por huir. Sin embargo, transcurrido el período álgido, yo podía refrenar aquellos desaforados ímpetus. Soy un jinete medianamente diestro y me impuse al animal, casi gobernándolo por completo.
      En tanto el otro jinete iba acercándose paso a paso, muy lentamente, como quien no tiene prisa de llegar a parte alguna. Por la andadura conocí que venía montado sobre un asno, al que no estimulaba para que avivara el paso, dejándolo caminar a toda su voluntad y talante.
      El lugar donde me encontraba detenido era un sitio más amplio que el resto de la vereda, pues allí precisamente empezaba a ensanchar el camino, en virtud de que los acantilados se iban deprimiendo paulatinamente, formando sobre el río macizo talud de piedra. Ya mi taciturno compañero estaba cerca y pude distinguir que no traía sombrero y sí solamente "paliacate" ceñido a la cabeza. Quise adelantarme a su encuentro, espoleé, herí las ancas de la cabalgadura, que resistía de todo punto, y sólo conseguí acercarla a la vera de la espesura, donde los árboles formaban un claro. En esa posición esperé, siempre con el revólver apercibido, pues no me perecía de más precaverme.
      Cierto malestar empero, una especie de ansiedad aguda, me oprimía el pecho, pues, a pesar de todo, aún de la próxima compañía de aquel viajero, encontrábame en presencia de algo desconocido, de algo raro, y yo presentía que un acontecimiento estaba pronto a sacudir mi ánimo hasta en lo más profundo.
      Ya sólo unos cuantos pasos nos separaban. Ansioso por dar fin a tan extraña situación, hice un supremo y vigoroso esfuerzo, levanté las riendas, hinqué la espuela y sacudí el azote, todo a un tiempo, y la mula se lanzó desesperadamente hacia el perezoso grupo, deteniéndose de improviso a unos tres o cuatro metros de distancia. El negro animal, con esa particularidad de los de su raza, se acercó afanosamente al mío, hasta quedar frente a frente los dos y yo con el jinete.
      Brusco, terrible, hondísimo, fue el sacudimiento que estuvo a punto de reventar los más vigorosos resortes de mi organismo. Un sólo instante, pero tan rápido como una puñalada o la fulminación del rayo que destrozan y aniquilan; un sólo instante clavé los ojos en aquella faz que ante mí revelaba sus contornos de un plasticismo brutal y espantable hasta el espasmo del horror. Y en ese instante lúgubre no hubo línea, detalle ni sombra que no se incrustaran profundamente en lo más escabroso y recóndito de mi ser.
      Era un rostro lívido, cárdeno, al que la inmensa luz lunar prestaba matices azules y verdes, casi fosforescentes: eran unos ojos abiertos y fijos, fijos sobre un solo punto invariable, y aquel punto, en tal instante, eran los míos, más abiertos aún, tan abiertos como el abismo que traga tinieblas y tinieblas sin llenarse jamás. Eran unos ojos que fosforescían, opacos y brillantes a un tiempo mismo, como un vidrio verde. Era una nariz rígida y afilada, semejante al filo de un cuchillo. De sus poros colgaban coágulos sangrientos, detenidos sobre escaso e hirsuto bigote que sombreaba labios delgadísimos y apretados.
      Eran unas mandíbulas donde la piel se estiraba tersa y manchada de pelos ásperos y tiesos; y del lienzo que ceñía la frente se escapaba hacia arriba un penacho de greñas que el viento de la noche azotaba macabramente.
      Debajo de aquel rostro lóbrego y trágico a la vez, un tronco enhiesto y duro dejaba caer los brazos como dos látigos sobre las piernas dislocadas. Del extremo de aquellos látigos, envueltos en manta gris, surgían dos manos que se encogían desesperadamente, cual si apretaran asidas alguna invisible sombra. Y todo aquel conjunto era un espectro, un espectro palpable y real, con cuerpo y forma, destacado inmensamente sobre la claridad del horizonte.
      ¿Cómo pude resistir tal aparición?, ¿cómo logré sobreponerme a mis temores y dominar la debilidad de mis nervios, tan trabajados por las repetidas y tremendas emociones de aquella noche?
      ¿Cómo alcancé, por último, a conservar un punto de lucidez y desviarme de tan horrenda larva, lanzando mi cabalgadura, como quien lanza hacia el vértigo, por entre las intrincadas sendas del bosque, para ir después a tomar de nuevo el camino que mi instinto solamente me señalaba? Lo ignoro todavía. Sólo sé que, al cabo de algún tiempo, pude orientarme hacia el sendero antes seguido y ya sobre él proseguí la marcha como a través de un sueño.
      Como a través de un sueño proseguía, que todo en derredor tomaba aspecto de las cosas entrevistas cuando soñamos. Pero la realidad se imponía tiránicamente a mis sentidos y en vano me figuraba caer bajo el aterrador influjo de una pesadilla.
      Galopaba, corría frenético por el blanco sendero que otra vez tomara al salir de la selva. El viento me azotaba el rostro, mis oídos zumbaban y una especie de vértigo me impelía; pero la misma frescura de la noche y aquel furioso galopar fueron parte a calmar mi excitación. El perfume acre y resinoso que venía arropado en el aliento de la montaña, al penetrar en mi pecho, ensanchó mi ánimo a la par que mis pulmones. Ya la aparición iba separándose de mí, no la distancia ni el tiempo transcurrido; veíala en mi mente como a través de muchas leguas y de muchos años.
      Al cabo de algunos momentos, fuese aflojando la carrera y yo no procuraba ya excitarla. Atrevíame, primero una, luego dos, por último repetidas ocasiones, a volver atrás la cabeza y hundir la mirada en el espacio luminoso. Nada. La soledad, que se extendía, que se dilataba en mi derredor, por todas partes. Aquel volver atrás los ojos llegó a ser una obsesión dolorosa que habría continuado distendiendo mis nervios de nueva cuenta, a no haber percibido de lejos voces humanas, cuyo rumor mágico acarició mis oídos como una celeste música, pues había llegado casi a perder la noción de la humanidad y pienso que sentí lo que el naufrago confinado a una isla desierta que después de mucho tiempo logra ver a sus semejantes.
      Las voces se acercaban y distinguí luego un grupo de hombres que venía por el camino platicando y riendo en amigable compañía. Llegaron hasta mí, saludándome corteses y sencillos. Eran cinco y todos marchaban a pie. A la pregunta que les dirigí sobre la causa que los obligaba a caminar a deshora, pues no veía en ellos ningún apero de labranza ni señal que indicara trabajo alguno, contestáronme dándome desde luego la explicación de lo que me había ocurrido, aunque yo me guardé bien de hacerles conocer el horror pasado, que ellos, seguramente, adivinaron en mi descompuesto semblante.
      En un rancho de la vecina sierra, la tarde anterior había ocurrido una riña a mano armada, en la que sucumbió uno de los rijosos. El matador emprendió la fuga y el cadáver, consignado a la autoridad, iba conducido a la villa de la extraña manera en que yo lo había encontrado. Para ahorrarse molestias y evitar que el ramaje se enganchara en las ropas del muerto, colocáronle los conductores a horcajadas sobre un paciente pollino, sosteniéndole con dos estacas convenientemente aderezadas en el aparejo.
      Al saber semejante cosa, encontradas sensaciones se apoderaron repentinamente de mí; ya era un anhelo brusco de abrazar, de agasajar a aquellos bárbaros, ya un furioso deseo de acometerlos. Contuve sin embargo tales ímpetus y, despidiéndome de la patrulla, proseguí la interrumpida jornada.

IV

      La del alba se venía a toda prisa cuando el repetido ladrar de perros y el alegre canto de los gallos me anunció la cercanía de un rancho que se recuesta en los estribos de la montaña. Llegado que hube, hice parada en el primer solar cuyos jacales empezaban a humear. Eché pie a tierra y me propuse a esperar a mi rezagado mozo, mientras daban un pienso a mi caballería y a mí frugal, aunque confortante, refrigerio.
      El sol salía apenas cuando, despavorido, trastornado, casi loco, llegó, por apartado sendero, el infeliz sirviente. Detenido en la villa mientras le entregaban los papeles, le pareció necesario refocilarse con buena ración de aguardiente. Un tanto ebrio, emprendió a todo escape la carrera para darme alcance, pero a poco la dipsomanía le obligó a detenerse en las últimas casas del poblado.
      Ya bastante excitado prosiguió la marcha y en un lugar del camino tuvo el mismo pavoroso encuentro que yo. Llevaba un inmenso cigarro de hojas de maíz y había gastado todos los fósforos en encenderlo. Al divisar al macabro noctámbulo, dirigiose resueltamente a él para que le proveyera de fuego, y su sorpresa y espanto fueron mayores mil veces que los que yo pasara, pues montado en un caballo que no se asustaba y siendo supersticioso en extremo como toda la gente campesina, fue brusquísimo y terrible el golpe moral que recibió su mezquino y desorganizado cerebro. La embriaguez huyó como por encanto y, habilísimo jinete, se arrojó por el acantilado abajo, siguiendo toda la margen del río hasta encontrarse conmigo en el rancho de la montaña. Por esa razón no topó con los conductores del cadáver y lo tuvo, desde el espantable encuentro, por cosa del otro mundo.
      Cuando rendimos, al día siguiente, la jornada, cayó el desgraciado mancebo presa de mortal paludismo, que degeneró en una terrible fiebre cerebral.
      Pocas semanas después estaba muerto.
      Y yo, a pesar de lo bien librado que salí, no las tuve todas conmigo.

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13 comentario/s (feed de esta discusión):
Anonymous Inconformista escribió:

Una de las magias de tu blog, consiste, precisamente, en las excelencias de la literatura que eliges para ilustrarnos.

Gracias.

1/18/2007 02:50:00 p. m.  
Anonymous Leónidas Kowalski de Arimatea escribió:

gn
Pero hombre, Inconformista, no le hables de magias a Gerardo que la vamos a liar. O bueno, háblale de magias y de lo que quieras, que se lo merece por desayunar... ¡gatitos!

La verdad es que tener esa clase de encuentro no debe de ser cosa buena para el ánimo, por muy escéptico que sea uno.

1/18/2007 10:24:00 p. m.  
Blogger Gerardo escribió:

Gracias, Inconformista, para mi fue muy interesante encontrar estos relatos, no podía dejar de ponerlos aquí.

Leónidas, a ver qué te parecen los siguientes, me gustaron más que este. (Y antes de comérmelos, los mancillo, muaahahahahah...)

Saludos

1/19/2007 03:51:00 p. m.  
Anonymous Leónidas Kowalski de Arimatea escribió:

¡Jesús, María y José! ¿Los mancillas? Los escépticos reculiaos no dejáis de darme disgustos...

Lo cierto es que este relato me aburrió un poco. Hasta que no interviene el misterioso cabalgador el cuento era un poco pesado de leer para mí. Con otro romántico, mi cursi pero adorado Bécquer, me pasaba lo mismo. Sus Leyendas me aburrían, y sin embargo sus rimas me hacían... Uhmmm, no, no confesaré que me hacían llorar de emoción.

Veamos qué más se cuenta el señor Othón.

Gerardo, hablando de otra cosa, sé que eres un perfeccionista en el arte de la escritura, y presto mucha atención a tu modo de expresarte, por eso de aprender y tal. Dices: "me gustaron más que este", y yo después de tu entrada sobre el "como" y el "cómo" ya no tengo nada claro pero, ¿no es una errata? ¿En este caso el "este" no actúa como pronombre y por lo tanto debiera acentuarse? Y a todo esto, ¿debiera, debería o ambas formas son válidas? Juas, te estoy complicando la vida, pero te lo mereces por desayunar lindos gatitos. Además, esto te gusta, qué caramba.

1/19/2007 05:52:00 p. m.  
Blogger Gerardo escribió:

Es normal que la literatura de siglos pasados aburra al lector actual, yo no me rasgo las vestiduras por eso.
Sobre los demostrativos, antes siempre había que acentuarlos cuando son pronombres, pero ahora solo se hace en caso de ambigüedad, copio del DPD:

3.2.1. Demostrativos. Los demostrativos este, ese y aquel, con sus femeninos y plurales, pueden ser pronombres (cuando ejercen funciones propias del sustantivo): Eligió este; Ese ganará; Quiero dos de aquellas; o adjetivos (cuando modifican al sustantivo): Esas actitudes nos preocupan; El jarrón este siempre está estorbando. Sea cual sea la función que desempeñen, los demostrativos siempre son tónicos y pertenecen, por su forma, al grupo de palabras que deben escribirse sin tilde según las reglas de acentuación: todos, salvo aquel, son palabras llanas terminadas en vocal o en -s (→ 1.1.2) y aquel es aguda acabada en -l (→ 1.1.1). Por lo tanto, solo cuando en una oración exista riesgo de ambigüedad porque el demostrativo pueda interpretarse en una u otra de las funciones antes señaladas, el demostrativo llevará obligatoriamente tilde en su uso pronominal. Así, en una oración como la del ejemplo siguiente, únicamente la presencia o ausencia de la tilde en el demostrativo permite interpretar correctamente el enunciado: ¿Por qué compraron aquéllos libros usados? (aquéllos es el sujeto de la oración); ¿Por qué compraron aquellos libros usados? (el sujeto de esta oración no está expreso, y aquellos acompaña al sustantivo libros). Las formas neutras de los demostrativos, es decir, las palabras esto, eso y aquello, que solo pueden funcionar como pronombres, se escriben siempre sin tilde: Eso no es cierto; No entiendo esto.

1/19/2007 06:42:00 p. m.  
Anonymous Leónidas Kowalski de Arimatea escribió:

Joder, cada día ando más confuso por tu culpa. Yo creo que debería dejar de leerte. Eres mi tormento. Si es que los filólogos sois muy raritos...

Jejeje, déjalo, me esforzaré MÁS por aprender.

1/19/2007 08:38:00 p. m.  
Blogger Gerardo escribió:

¡Yo no tengo la culpa, es la santísima RAE! Lo que pasa es que tengo que mantenerme al día con estas cosas.

1/19/2007 09:17:00 p. m.  
Blogger TIraro escribió:

Hola,

Si crees que lo merezco…..Te propongo un intercambio para los premios 20blogs, tu por mi y yo por ti. No quiero pasar vergüenza, pues mi deseo es darme a conocer. Envíame tu link a m_a_miranda@hotmail.com, si estas de acuerdo.

Mi vinculo es el siguiente:

http://www.20minutos.es/premios_20_blogs/busqueda/Manuel+Miranda%2C+Opina/

1/20/2007 11:14:00 p. m.  
Blogger Gerardo escribió:

Lo siento, no participo en los premios, no estoy apuntado y es requisito para votar. Me desagrada el intercambio de votos, una consecuencia de un sistema en el que solo pueden votar los que se presentan a los premios.

No entiendo por qué no pueden votar los lectores, el público. ¿Quien ni siquiera tiene un blog no puede votar? O haces el sistema público, o lo haces con jurado; pero esto es una idiotez que solo agrava la ya insoportable endogamia y el chuparse las pollas de esta porqueriza de vanidades y mediocres llamada blogosfera. Quizás solo es precisamente el sistema que se podía esperar de lo que es normal en ella. Si ya me parecía un premio poco interesante, con este sistema de votos me parece directamente una tomadura de pelo. Nunca me ha parecido que se haya premiado la calidad de un blog, que debería ser el criterio de un premio, y ahora, mucho menos.

No me gustan los premios ni el trepado blogosfericos, estoy harto de ver gente muy buena que no es reconocida, o ni siquiera conocida, por no promocionarse. Prefiero la parte sana de los blogs, sin vanidades ni ambiciones. Cada uno a su aire, sin cargarse una afición con estas tonterías.

Y además, el premio 20 minutos es una mierda. Yo aspiro al Nobel.

1/21/2007 11:09:00 p. m.  
Anonymous Leónidas Kowalski de Arimatea escribió:

Brobjjjssss (ruido de aguantarme la risa).

Gerardo, no te lo tomes a mal, pero tu último comentario me parece mil veces más interesante y educativo que la entrada. Así se habla, campeón.

Tentado estuve de decirle cuatro verdades al señor Tiraro, pero este no es mi blog y no me parecía bien meterme donde no me llaman. Me alegra que ya lo hayas hecho tú. Con esto del concursito me estoy encontrando cada cosa por la blogosfera... (y ya me extrañaba a mí que tú te hubieras inscrito, por cierto).

La pena es que Tiraro no volverá por aquí para ver lo que se opina de su falta de dignidad.

Ya está, perdón por el off topic. ("off topic", aprecia mi blogosférico dominio del idioma).

1/22/2007 01:20:00 a. m.  
Blogger Gerardo escribió:

"Off topic", suena eso hasta medio "geek", Leónidas, ja, ja. Ahora hay que comprarse un iPod, y pronuciar al hablar de él "aipod".

1/22/2007 06:13:00 p. m.  
Blogger Gerardo escribió:

Relación de expulsados de los Premios 20Blogs

20MINUTOS.ES. 02.02.2007 - 14:57h

El jurado de los Premios 20blogs ha decidido expulsar por prácticas contrarias al espíritu de estos premios a los siguientes participantes:

* Relaciones Publicadas
* Com.es
* Bloggie de Sanshiro
* III República
* Mágica Presencia
* Cogiendo Caracoles
* Manuel Miranda Opina

Todos ellos han practicado spam masivo tanto en los comentarios de los otros blogs como a través de los correos extraídos de las bitácoras.

Los votos recibidos u otorgados por estos bloggers serán anulados.

La participación de Nos gusta el agua ha sido suspendida temporalmente y el jurado estudiará las alegaciones realizadas por sus autores para ratificar o no su expulsión.

2/03/2007 10:17:00 a. m.  
Anonymous Leónidas Kowalski de Arimatea escribió:

Je, je, je... Sí, vi la noticia el viernes. Es bueno saber que hay algo de sentido común en la organización del concursito de marras. Poco, pero algo hay.

2/04/2007 10:38:00 a. m.  

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10 enero, 2007

Charles Dickens y la combustión espontánea humana

Charles DickensLeamos un poquito de Charles Dickens, quien creía en la combustión espontánea humana (CEH) y contribuyó enormemente a la difusión del mito. La incluyó en la trama de su obra maestra Casa desolada y la defendió en su prólogo ante las críticas de un amigo que le salió escéptico. Por supuesto, no debemos juzgar al bueno de Dickens desde nuestros conocimientos actuales, ahora conocemos la explicación de un fenómeno tan curioso y raro, pero en su época era todo un misterio sin resolver.

Fragmento del prefacio a la segunda edición de Casa desolada

La posibilidad de la llamada Combustión Espontánea se viene negando desde que murió el señor Krook1, y mi buen amigo el señor Lewes2 (quien en seguida averiguó que se había equivocado, al suponer que las autoridades habían abandonado la cuestión) publicó algunas cartas ingeniosas (dirigidas a mí) cuando se publicó el relato de aquel acontecimiento, en las cuales aducía la total imposibilidad de que existiera la Combustión Espontánea. Huelga observar que no pretendo inducir a error a mis lectores por acción ni por omisión, y que antes de escribir lo que digo me preocupé de investigar el asunto. Hay constancia de unos 30 casos, el más famoso de los cuales, el de la Condesa Cornelia de Bandi Cesenate, lo investigó y describió con gran minuciosidad Giuseppe Bianchini, prebendado de Verona, persona distinguida en el mundo de las letras, que publicó un relato al respecto en 1731 en Verona y después lo reeditó en Roma. Las apariencias observadas en aquel caso fuera de toda duda racional son las mismas observadas en el caso del señor Krook. El caso más famoso después de aquél ocurrió en Rheims seis años antes, y en aquella ocasión el cronista fue Le Cat, uno de los médicos cirujanos de más renombre de Francia. El sujeto fue una mujer a cuyo marido la ignorancia lo condenó por asesinato, pero tras un recurso solemne a una instancia más alta, salió absuelto, pues se demostró en la prueba que la esposa había fallecido de la muerte a la que se da el nombre de Combustión Espontánea. No creo necesario añadir más de estos notables datos ni a la referencia general a las autoridades que se hallará en la página 78 del segundo volumen, las opiniones y las experiencias escritas de distinguidos catedráticos de Medicina, franceses, ingleses y escoceses, de tiempos más modernos, y me contento con observar que no rechazaré esos datos hasta que se haya producido una Combustión Espontánea de los testimonios que habitualmente sirven para demostrar los acontecimientos humanos.

En Casa desolada me he detenido adrede en el lado romántico de las cosas corrientes. Creo que nunca he tenido tantos lectores como en este libro. ¡Ojalá volvamos a encontrarnos!

Londres, agosto 1853


Fragmento del capítulo 32, "A la hora exacta", de Casa desolada

El señor Guppy, sentado en el alféizar de la ventana, asiente con la cabeza mientras sopesa mentalmente todas esas posibilidades y golpea, toca y mide el marco con la mano, hasta que la retira a toda prisa.
—¿Qué diablos es esto? —exclama—. ¡Mírame los dedos!
Los tiene manchados de un líquido espeso y amarillento, ofensivo al tacto y la vista y todavía más al olfato. Un líquido pegajoso y asqueroso, del cual emana algo instintivamente repulsivo que hace temblar a los dos amigos.
—¿Qué has estado haciendo aquí? ¡Qué has tirado por la ventana?
—¡Tirar yo por la ventana! ¡Nada, te lo juro! ¡No he tirado nada desde que llegué! —exclama el inquilino—. ¡Pero basta con mirar por aquí... o por allá! Cuando acerca la vela aquí, al rincón del alféizar, aquélla sigue goteando y dejando caer goterones entre los baldosines; en otras partes se acumula la cera en un charco nauseabundo.
—Esta casa es horrible —dice el Señor Guppy, cerrando la ventana—. Dame algo de agua, o me tendré que cortar la mano.
Tanto se lava, se frota, se rasca, se olfatea y se vuelve a lavar que no hace mucho rato desde que se ha restaurado con una copa de aguardiente y se ha plantado solemne ante la chimenea cuando la campana de San Pablo da las doce y todas las demás campanas dan las doce desde sus torres de diversas alturas en la noche tenebrosa y con sus múltiples tonos. Cuando todo vuelve a quedar en silencio, el inquilino dice:
—Ya es la hora de la cita. ¿Voy?
El señor Guppy asiente y le da un golpecito de buena suerte en la espalda; pero no con la mano que se acaba de lavar, aunque es la derecha.
Baja las escaleras y el señor Guppy trata de calmarse ante el fuego, en previsión de una larga espera. Pero no han pasado ni dos minutos cuando chirrían las escaleras y vuelve Tony corriendo.
—¿Ya las tienes?
—¡Tener qué! No. No está el viejo.
En el breve intervalo transcurrido se ha llevado tal susto que contagia su temor al otro, que se le echa encima y le pregunta en voz alta:
—¿Qué ha pasado?
—No logré que me oyera y abrí la puerta despacito para mirar. Y el olor a quemado viene de allí, y el hollín viene de allí, y el líquido viene de allí, ¡pero él no está allí —termina de decir Tony con un gemido.
El señor Guppy toma la vela. Bajan, más muertos que vivos, y apoyándose el uno en el otro, abren de un empujón la puerta de la trastienda. La gata está al lado de la puerta y enseña los dientes, pero no a ellos, sino a algo que hay en el suelo, frente a la chimenea. En la rejilla no quedan sino unas brasas, pero en la habitación flota un vapor sofocante y maloliente, y las paredes y el techo están recubiertos de una capa grasienta de color oscuro. Las sillas y la mesa, y la botella que suele haber encima de la mesa, están como de costumbre. Del respaldo de una de las sillas cuelgan la gorra de pelo y la levita del viejo.
—¡Mira! —exclama el inquilino señalando todo eso a la atención de su amigo con un dedo tembloroso—. Ya te lo dije. La última vez que lo vi se quitó la gorra, sacó el atado de cartas viejas, dejó la gorra en el respaldo de la silla, donde ya tenía la levita, porque se la había quitado antes de ir a correr las contraventanas, y cuando me fui estaba dándoles vueltas a las cartas, justo ahí donde está esa cosa negra tirada en el suelo.
¿Se habrá ahorcado en algún rincón? Miran por todas partes. No.
—¡Mira! —susurra Tony—. Al pie de esa misma silla hay un trocito de esa cuerda roja que se utiliza para atar las plumas. Era con lo que tenía atadas las cartas. Las había desatado con toda calma, mientras me hacía muecas y se reía de mí, antes de empezar a darles vueltas, y lo dejó caer ahí. Yo mismo lo vi caer.
—¿Qué le pasa a la gata? —pregunta el señor Guppy—. ¡Mírala!
—Debe de haberse vuelto loca, y no me extraña en esta casa endemoniada.
Avanzan lentamente, escudriñándolo todo. La gata sigue en el mismo sitio en que la encontraron, y sigue enseñándole los dientes a algo que hay en el suelo, delante de la chimenea y entre las dos sillas. ¿Qué es? Hay que levantar la palmatoria.
Hay un trocito del suelo que ha ardido, quedan las cenizas de unos papeles quemados; pero que no parecen tan frágiles como es habitual, pues parecen estar empapadas de algo, y aquí está eso: ¿se trata de los restos de un tronco quemado y roto de madera, lleno de cenizas blancas, o de algo de carbón? ¡Qué horror, es él! Es eso de lo que echamos a correr, de forma que se nos apaga la vela y salimos a trompicones a la calle; eso es todo lo que lo representa a él.
—¡Socorro, socorro, socorro! ¡Vengan aquí, por el amor del Cielo!
Vendrán muchos, pero nadie puede aportar socorro. El Lord Canciller de la plazoleta, fiel a su título hasta el final, ha muerto como mueren todos los Lords Cancilleres de todos los Tribunales, y todas las autoridades de todas las partes, se llamen como se llamen, en las que se actúa con falsedad y se cometen injusticias. Dad a la muerte el nombre que Vuestra Alteza quiera, atribuidla a quién queráis, o decid que hubiera podido impedirse de un modo u otro; pero seguirá siendo eternamente la misma muerte: congénita, innata, engendrada en los humores corruptos del propio cuerpo viciado, y nada más... La Combustión Espontánea, y ninguna otra de las muertes por las que se puede perecer.

* * *

1 El personaje alcohólico y corrupto de Casa desolada que muere incendiado.
2 George Henry Lewes (1817—1878), crítico literario y filósofo británico influido por el positivismo. En su juventud trabajó en la compañía de teatro aficionado de Dickens. Criticó públicamente, por razones científicas, la teoría de la combustión espontánea humana y la verosimilitud de esta parte de Casa desolada, a lo que Dickens respondió con este prefacio a la segunda edición.

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15 comentario/s (feed de esta discusión):
Anonymous Psicopanadero escribió:

Es 'Comte', con 'm' :)
Este era el fenómeno paranormal perfecto: "inexplicable" y macabro a partes iguales.

1/10/2007 05:14:00 p. m.  
Blogger Gerardo escribió:

Gracias, Psico, ya está corregido. Es un fallo del ebook de donde lo copié, aunque le pegué un repasillo, no lo vi.

Sí que era un misterio truculento, pero tenía un enorme inconveniente como misterio: al contrario que otros, existía, y por tanto se pudo investigar, y no solo "himbestigar".

Y, ya que estamos, para libros gratis como este: http://www.librodot.com/

1/10/2007 05:29:00 p. m.  
Anonymous Miri de los bosques escribió:

Bueno, interesante, supongo que de todas las teorías hay partidarios y detractores. Yo todavía me sigo peleando con mi madre porque cree en la "generación espontánea", no en la "combustión espontánea", pero igual de anticientíficas ambas cosas.
Saludos,
Miri

1/10/2007 08:01:00 p. m.  
Blogger Alejandro Agostinelli escribió:

Justo ayer estaba leyendo en “Scienza e paranormale” –la revista del CICAP- un artìculo de Máximo Polidoro sobre SHC titulada “Chi gioca col fuoco…” (S&P Nro 69, sett-otobre 2006, pp. 20-24). George Henry Lewes dice que él acordaba con la opinión del químico alemán Justus von Liebig, quien escribió: “La opinión según la cual un hombre puede prenderse fuego solo no se basa en el conocimiento de las circunstancias de muerte si no, por el contrario, en la completa ignorancia de todas las causas y condiciones que precedieron al incidente que lo ha provocado”. Me llamó la atención otra cosa: Gerardo dice que George Henry Lewes era “publicista y periodista”. Después de revisar un par de biografías me parece más justo recordarlo como filósofo. Ver por ejemplo:
http://en.wikipedia.org/wiki/George_Henry_Lewes
Saludos y felicitaciones por el blog, que sigo puntualmente.
AleA

1/11/2007 02:25:00 p. m.  
Blogger Gerardo escribió:

Como ya dije, la nota no es mía, está copiada literalmente de la edición de Casa desolada que distribuyen en librodot.com. La entrada pretendía ser anecdótica y reconozco que apenas la revisé, ante los errores señalados, editaré esa nota, pero eliminaré ese "(N. del T.)", ya que ahora sí pasa a ser mía. Otra cosa copiada literal del original en el que está mal, y de la que nadie se ha dado cuenta, es que el prefacio tiene que ser, evidentemente, a la segunda edición, y no a la primera. Corrijo también un palabro como "prebendario", la puntuación, un par de gambadas en el uso de la raya y normalizo a favor del prefacio eliminando el leísmo en el CD.

Me alegra conocerte como lector silencioso, Alejandro, y también ver que tengo lectores atentos.

Saludos

1/11/2007 05:04:00 p. m.  
Anonymous Miri de los bosques escribió:

Off topic:
Hablando de cosas paranormales... Hoy me he dado cuenta que esto de ser una escéptica es un asco. Una amiga ha venido a verme ilusionadísima porque un curandero la ha sanado de una hernia discal poniéndole bolas de barro en la espalda. Y a la chica no le dolía más, creía ciegamente en ello y era feliz. Lo que hace la mente, ¿eh?
Me dio rabia saber que el mismo tipo no me habría curado a mí, no sólo ya la ciática, sino una mísera resaca, sólo por no creer en estas cosas.
Ay, ay, ay, creo que me voy a tener que hacer supersticiosa. Voy a pensar que esta mandarina milagrosa que me estoy comiendo me curará la espalda. Lo pienso, lo pienso... Ajjjj, ¡ay! me acabo de atragantar. El que no vale, no vale.
Besitos,
Miriam

1/11/2007 06:30:00 p. m.  
Blogger Gerardo escribió:

Miri de los bosques, no tienes que hacerte supersticiosa para beneficiarte del efecto placebo. Tú no picarías con unas cataplasmas de alcaparras en salmuera; pero seguramente sí si alguien con credibilidad para ti te da una pastillita de sacarosa diciéndote que es un fármaco de nueva generación contra la resaca. Seguramente creerías notar sus beneficios y estar mejor.

La cuestión es hacer creer a la persona que estás tratándola con algo que funciona. Anda que no les daba yo friegas de alcohol, cuando era socorrista, a los niños llorones tras un coscorrón. Un poco de argumentación pseudocientífica y... mano de santo.

Una ciática... ya lo veo más difícil. Estas cosas solo funcionan con males subjetivos, transitorios, psicosomáticos o dolencias que en realidad se curen solas: dolor, migrañas, estados anímicos, estrés, etc.

1/11/2007 08:10:00 p. m.  
Anonymous Keksi Aate escribió:

Pues yo hoy he pasado por delante de un centro de acupuntura con un cartelazo que anunciaba que, entre otras muchas dolencias, trataban también la miopía y el astigmatismo. Y claro, me han aumentado 27 dioptrías en cada ojo del susto. ¿Lo ves como también la miopía es un mal subjetivo?

1/12/2007 01:33:00 p. m.  
Anonymous Miri de los bosques escribió:

Jajaja, sí es cierto que si lo que me dan en lugar de una cataplasma se llama algo así como betameroprofeno quizás hasta me cure, jejeje. A cada uno le hace el efecto placebo algo diferene. Pero lo que te digo, que cuano más sugestionable es la gente más alegrías infundadas se llevan.
Bueo, pos eso,
Un besito,
Miri

1/12/2007 03:48:00 p. m.  
Blogger Gerardo escribió:

Mmmm... Pero a lo mejor también se llevan más disgustos infundados.

1/13/2007 05:18:00 a. m.  
Anonymous Miri de los bosques escribió:

Pues sí que es verdad, Gerardo, tienes razón... tienes razón... supongo que una cosa les compensará a la otra. No sé.
Bueno, saludos,
Miri

1/13/2007 01:06:00 p. m.  
Anonymous Miri de los bosques escribió:

Toc, toc... estamos esperando que nos vuelvas enseñar algo tan interesante o más que esta entrada... tic, tac, tic, tac... Jejeje.
Saludos,
Miri

1/16/2007 08:14:00 p. m.  
Blogger marmota escribió:

Mmmmh... Interesante... Siempre había leido sobre esto desde el punto de vista "paranormal". Y como soy algo escéptica, pensaba simplemente que era todo mentira...

"Estas cosas solo funcionan con males subjetivos, transitorios, psicosomáticos o dolencias que en realidad se curen solas: dolor, migrañas, estados anímicos, estrés, etc"
Me suena haber leído en algún sitio que, en realidad, también funciona con otro tipo de enfermedades. No recuerdo dónde, si encuentro algo ya te lo pasaré.

1/17/2007 01:19:00 a. m.  
Blogger Gerardo escribió:

Espero que te sirva lo que acabo de sacar, Miri. A mí me parece interesantísimo.

Marta, por lo que yo sé, está muy extendida la opinión de que el efecto placebo hace algo, pero en realidad no tiene ningún efecto más que el subjetivo: la gente cree estar mejor, pero no lo está. Que el fecto placebo no cura nada, vamos.

Saludos

1/17/2007 07:25:00 p. m.  
Anonymous Anónimo escribió:

Pues es interesante este tema porque es una posibilidad y segun la gente a ocurrido varias veces.Bueno la verdad es inexplicable porque ¿como es posible que no haya ningun testigo?, hay muchos casos de personas que mueren de esta forma pero nunca nadie ha estado con ellas cuando les pasa.
En fin me parece un buen tema de conversacion y es bueno saber de este tipo de cosas.

2/06/2007 11:50:00 p. m.  

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08 enero, 2007

Combustión espontánea humana (y otros vídeos)

Aprovechando que últimamente la cosa va de vídeos, os pongo un fragmento del episodio "Combustión espontánea humana", de la serie de 16 documentales de la BBC (de rigor variable por capítulos y más bien magufos) Supernatural science, conocida en español como Ciencias sobrenaturales o Misterios resueltos.

      Sobre estas combustiones humanas aparentemente misteriosas, ya había leído algo de los experimentos para imitarlas del Dr. JD DeHaan, del Instituto Criminalista de California, y visto un ejemplo de sus reproducciones del fenómeno en uno de los documentales Revelaciones de National Geographic Channel; pero no con el éxito y la información mostrados aquí. Aunque los vendedores de misterios prefieran mentir o mirar para otro lado para seguir vendiendo humo, los resultados son demoledores. Señoras y señores, con ustedes, el efecto mecha. Hasta nunca, SHC. (Me advierten de que el documental pueden impresionar a espectadores sensibles: es información forense con imágenes de homicidios y un experimento consistente en quemar un cuerpo de cerdo. Pues eso, avisados quedáis, aunque tarde.)


      Y más. Hace días publicaba en su blog Luis Alfonso Gámez un fragmento en inglés del documental Más allá de la ciencia, de James Randi, con motivo de una entrada sobre Uri Geller. Aquí está entero y doblado al español. También podéis ver en Google Videos Guía para escépticos (Homeopatía, la prueba, no se deja). Todos los mencionados en esta entrada están disponibles en redes P2P.

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Anonymous Anónimo escribió:

Hara unos meses, unos 4 o 6 mas o menos, (no puedo concretar el numero, pues en el DVD no hace referencia alguna al numero de la revista a la que acompañaba, ni en la revista lo hacen del DVD), la revista AÑO CERO regalo un DVD titulado "Combustion Humana, el misterio de los cuerpos que arden", del Canal Historia, donde a partir del minuto 9,10 ya se habla del "efecto mecha" o "efecto vela", con imagenes de un trozo de cerdo envuelto en tela consumiendose incluido, como causa de estas combustiones.

Lo comento por que supongo que incluiras a la revista AÑO CERO entre "los vendedores de misterios". Pues estos, se te han adelantado sobre el "efecto mecha".

1/08/2007 12:02:00 p. m.  
Anonymous Ricardo Campo Pérez escribió:

¡Qué importará que otros se hayan adelantado, como si todo el mundo se condujese por inoportunos criterios periodísticos! Lo importante es divulgar todo lo posible la explicación racional, se ahora, dentro de un día o dentro de seis meses.

1/08/2007 12:32:00 p. m.  
Blogger Gerardo escribió:

Es que esta entrada no presenta una novedad, solo quiere poner el vídeo a disposición de cualquiera.

Anónimo de turno, AÑO CERO y demás misteriólogos no se adelantan en nada, como es habitual. Que yo sepa, el efecto vela fue definido en los años 60 del siglo XX, y el documental cuyo fragmento reproduzco es de 1999, aunque se mencionan los resultados en la prensa ya en 1998. El experimento de Dr. DeHaan lleva siendo citado por los escépticos españoles desde hace años, como puedes ver en uno de los enlaces que reproduce en la web de ARP un artículo de Javier Garrido que como máximo es de enero de 2000 según la http://web.archive.org/. Y además los escépticos lo hacemos "de gratis", por supuesto.

Por otro lado, precisamente en la web oficial de AÑO CERO podemos leer una noticia informadísima y rigurosísima fechada en el 03/08/2000 sobre los experimentos del efecto vela. Fragmento: "El informe del FBI no aclara gran cosa. Hace referencia a un llamado "efecto vela" que haría que la grasa corporal alimentase durante horas la combustión. Es un intento bastante pobre de hacer meter en el redil de lo comprensible un hecho que se ha escapado de allí, ya que no explica por que no se despertó la víctima, como un simple cigarrillo puede iniciar un fuego tan violento y como el resto de la casa no sufrió daños ni hubo humo durante el proceso..." También hay un precioso artículo de 2001, titulado "Pirokinesis en Chile", que destila rigor en cada letra.

Hay que ver google, qué mala idea tiene en esto de sacarle los colores a la gente.

1/08/2007 01:05:00 p. m.  
Blogger Gerardo escribió:

Añado un dato: el artículo de Garrido es citado en el número 6 de la revista El Escéptico en 1999, en su guía digital de páginas escépticas interesantes.

1/08/2007 01:13:00 p. m.  
Anonymous Anónimo escribió:

AÑO CERO si se adelanta... Se te adelanta a TI, puesto que puso a disposicion del publico un DVD con la misma explicacion del "efecto vela" o "efecto mecha" que el video que has puesto tu en este articulo y al que das toda la validez del mundo.

1/08/2007 01:40:00 p. m.  
Blogger Gerardo escribió:

Yo ya he respondido y, como digo ahí arriba, "No se suelen contestar anónimos malvados sean magufos o arpíos".

Si otro quiere seguir dándole cuerda al troll, allá él, pero ya sabéis que recomiendo no perder el tiempo con estas cosas.

Saludos a mis lectores no gilipollas.

1/08/2007 02:24:00 p. m.  
Blogger Peggy escribió:

bueno que interesante ...me llevo tu link:)

1/08/2007 07:52:00 p. m.  
Anonymous Leónidas Kowalski de Arimatea escribió:

Genial, Gerardo. Otra buena dosis de sensatez y rigor.

El fenómeno de la combustión humana (eliminemos lo de "espontánea") es de lo que más me intrigaba en mis tiempos de semicrédulo. Qué bueno aprender sobre esto e ir teniendo las cosas más claras. Añado, tirando de recuerdos, que en algún sitio magufo leí que el fenómeno era más frecuente entre grandes bebedores, y que por lo tanto la presencia de alcohol en el cuerpo tenía que ver con la combustión "espontánea". Ahora lo veo claro, lo que ocurre es que el bebedor es dado a quedarse dormido, inconsciente más bien, con un cigarrillo entre los dedos.

Una ves más, Gerardo, muchas gracias por lo que nos enseñas.

1/08/2007 08:30:00 p. m.  
Anonymous Miri de los bosques escribió:

Vaya, no creía en esto de las combustiones espontáneas como fenómeno sobrenatural. Como no creo en nada sobrenatural. Sin embargo, nunca habría caído en esto del "efecto vela", según el cual la grasa corporal alimenta el fuego...
Bueno, nunca te acostarás sin saber algo nuevo.
Saludos,
Miri

1/09/2007 10:16:00 p. m.  
Blogger Gerardo escribió:

Lo de los bebedores no sé si no lo propagaría Dickens, en Casa Desolada muere un alcohólico de esta manera por haberse vuelto inflamable. Quizás solo recogió una leyenda popular. Lo que dices es muy lógico, pero no sé si basado en datos reales. Es decir, que no sé si hay más incendios de este tipo entre alcohólicos.

Me alegro de haber dado en la diana con uno de tus misterios juveniles. Todo el mundo tiene esa "magufada en la que creía" y es apasionante cuando encuentras la explicación racional. Con esta algo más, supongo, es una explicación demoledora y hasta espectacular.

Saludos a todos, todas, todes, todis y todus.

PD: Qué caray... Voy a poner en una entrada el fragmento de Casa desolada, que siempre es interesante.

1/10/2007 03:08:00 p. m.  
Blogger manolo_elmas escribió:

Para quien tenga problemas con el deocumental "Homeopatía: la prueba", subí yo a Youtube un fragmento, el más significativo, del documental, el que corresponde a la refutación de la memoria del agua, con benveniste de testigo presencial. Está aquí:
http://www.youtube.com/watch?v=IES8ydo8QP8

1/10/2007 07:15:00 p. m.  

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